sábado, 5 de junio de 2010

¿Se pifiaron las encuestas?

Según algunos comentaristas, las grandes perdedoras de las elecciones del 30 de mayo fueron las encuestas de opinión. Muchos aducen gran imprecisión técnica – en términos de muestreo y representatividad – mientras que otros sugieren manipulación pre-electoral. En últimas, los resultado fueron tan inesperados que ni siquiera Juan Manuel Santos – como declararía a la revista SEMANA (2010) – los hubiese imaginado. A juicio de muchos críticos, a las firmas encuestadoras les quedó grande su tarea.


En lo personal, soy escéptico frente a las conclusiones apresuradas. Creo que dudar de la calidad profesional de las personas se traduce en calumnia si se hace de entrada y sin ningún tipo de evidencia sugestiva. Además, en este caso específico, el razonamiento deliberado implicaría el desconocer los incentivos con los que cuentan las empresas que llevan a cabo los sondeos. La racionalidad del productor (o empresario) no resulta coherente con lo sucedido; el prestigio del encuestador – que en Colombia está compuesto de firmas con trayectoria internacional – depende de su precisión predictiva, lógica que sentencia la ligereza de la simple torpeza metodológica.


Aunado a lo anterior, sobresale la tendencia histórica que pone en vilo la cruzada emprendida. Según María Isabel rueda (1990), ex columnista de la revista SEMANA, la imprecisión no fue una de las características en las encuestas pre electorales que se llevaron a cabo durante la década de los años 80, opinión expresa en su comentario publicado hace 20 años:
“… Así ha venido haciéndose en Colombia desde hace más de una década sin que hasta el momento ninguna de las compañías encuestadores hayan tenido una sola “pifiada” que lamentar en elecciones presidenciales (…): Carlos Lemoine, cabeza del Centro Nacional de Consultoría (…) afirmó en 1982 que las elecciones las ganaba Belisario por un 43%, y las perdía López por un 40%. La realidad dio 47% vs. 42%, lo que confirmo el pronóstico de Lemoine. Luego, en 1986 dijo que Barco le ganaba a Álvaro Gómez por 58% contra 38%. Nuevamente acertó. Ganó Barco por 58.2% contra 35.8%”


Esclavo de la curiosidad, me tomé el trabajo de alimentar – o actualizar -dicha radiografía. La fuente: las arcas de información de la revista antes citada. Para hacer comparables los datos se obtuvieron todas las últimas predicciones publicadas antes de la elección para los años recuperados. Estas se confrontaron con los resultados oficiales de cada campaña. Dado el contexto de la presente elección, y con el ánimo de buscar precisión científica – pues no es lo mismo comparar contiendas entre varios candidatos con aquellas entre dos adversarios políticos – la exposición se concentra, de momento, en primeras vueltas electorales.


Predicciones vs resultados electorales en primeras vueltas presidenciales

Fuente: Revista Semana. Reconstrucción hecha por autor


La gráfica consta de tres barras que fueron especialmente construidas para permitir la fluidez del análisis propuesto. La primera barra (Predicción) dibuja la diferencia que las encuestas pronosticaron en cada campaña para las votaciones entre el primer y el segundo candidato en orden de popularidad (intención de voto). La columna 2 (Resultado) refleja la diferencia registrada tras el escrutinio de votos de primera vuelta. Finalmente, la barra de color más claro (Diferencia) revela, en términos porcentuales, cual fue la distancia entre los dos primeros ítems. En otras palabras se estima el margen de “pifiada” de las encuestas de opinión pre-electoral.


Los resultados permiten elaborar diferentes lecturas de lo sucedido el 30 de mayo. No obstante, la premisa estadística correlación no es igual a causalidad impone restricciones permisivas solo al planteamiento de hipótesis. En particular son dos las podrían resultar pertinentes.


  • Definitivamente se pifiaron las encuestas

Esta postura cuenta con el aval de una discusión presente entre académicos a través de los años. El debate ha denunciado en distintas ocasiones, la imprecisión técnica en la implementación de las herramientas de medición. En particular, el contar con muestras “…insuficiente(s) para estimar con confiabilidad y precisión la tasa de favoritismo de los candidatos…” (Bautista, 2005, p. 57). Dentro del consenso se incluyen también cuestionamientos a métodos de recolección telefónica y estimaciones de los márgenes de error, entre otros.


En este orden de ideas lo ocurrido en 2010 podría explicarse por una deficiencia metodológica la cual, por errores de omisión (insuficiencia muestral, por ejemplo), no permitió captar las preferencias reales de los votantes. Se tendría que argumentar que los debates realmente modificaron los rangos de intención de voto, haciendo que en las últimas semanas hubiese habido un cambio abrupto en la imagen de los candidatos frente al electorado. Incluso se podría sostener que simplemente las encuestas reflejaron una realidad inexistente a lo largo de toda la campaña.


Sin embargo, esta parece una hipótesis forzada. De un lado, porque la cultura política caudillista de los colombianos hace dudar de su flexibilidad en torno al cambio de posturas a través del diálogo. Con ello nos estarían vendiendo la idea que de un momento a otro nos volvimos votantes conscientes. Además, porque las tendencias entre predicciones y resultados demuestran que si bien podríamos estar haciendo una medición incorrecta en cada año – fenómeno que requiere toda la atención -, al menos siempre se venía midiendo lo mismo (o algo similar). Por ende, esta teoría no resulta muy convincente.


  • Se presentan posibles anomalías en las votaciones (incluso en la etapa de conteo), cuyo efecto resultó imperceptible – dada su gran particularidad- para los encuestadores.

Esta segunda requiere de un poco más de ingenio, o si se quiere, malicia. Deben tenerse no solo en cuenta las preferencias del electorado, sino también las de los candidatos. La economía política defiende, precisamente, el hecho de contemplar a los agentes del Estado como individuos no imparciales cuyas preferencias pueden estar también alineadas con su interés particular.


Ahora, para nadie es un secreto que Juan Manuel Santos es el candidato del establecimiento; el apadrinado del presidente y a quién ha sido encomendada la tarea de mantener un legado político. De hecho, el vínculo entre el uribismo y el santismo es tan evidente, como la correlación positiva entre sus resultados electorales.


Fuente: La Silla Vacía. Disponible para consultar en

http://www.lasillavacia.com/historia/14829

Los departamentos morados en el primer mapa representan aquellos declarados uribistas en 2006, criterio esbozado a partir de resultados electorales. En el caso naranja, éstos dibujan la influencia de Santos, por tanto, muestran los departamentos donde éste fue ganador absoluto en las votaciones de primera vuelta en 2010


A pesar de ello resulta inquietante como solo en esta última jornada electoral se modificaron las tendencias al punto de la reversibilidad. El gráfico de barras permite ver con claridad como a pesar de contar casi con plena coincidencia en su influencia territorial, por primera vez se presenta una estimación subestimada de las diferencias en la intención de voto. Por ende, el diferencial anti histórico de 24% no puede encontrar una explicación alineada con preferencias electorales.


Cabe anotar que en 2006 el continuismo de la política uribista no contaba con amenazas significativas a su trono. En aquel entonces el candidato del Polo democrático, Carlos Gaviria, no representó la amenaza del movimiento verde en la última campaña. En 2010 la política tradicional temió ante una posible desbancada. Dento de tal lógica -concatenada al repentino cambio de tendencia (gráfico)- los múltiples escándalos de compras de votos, la utilización del programa Familias en Acción para manipular al electorado, entre otros, ya no parecen simples hechos aislados. Todo esfuerzo para desmotivar a los votantes aliados con la consigna de cambio parece tener un alto grado de rentabilidad política. Sin embargo, insisto, cualquier conclusión tendría que apelar, en parte, a componentes del mundo de la especulación.


Entonces alguien se preguntará el porqué Jorge Londoño, gerente de la firma encuestadora Invamer Gallup, sale a declarar que “… una encuesta de su empresa se había aproximado a los resultados (pero) como la Ley de Garantías impide publicaciones (…) en la semana previa a las elecciones, no se conocieron los resultados del estudio”. Entonando el eslogan Clinton yo le respondería: es la economía estúpido. Las firmas no están buscando redimir sus errores. Tan solo están adoptando una postura – que a pesar de su carente veracidad – intenta minimizar el impacto de la pena que injustamente se les ha impuesto.


Referencias

Bautista, L. (2005). Estrategia de muestreo para la estimación de la tasa de favoritismo en la elección presidencial. Revista Colombiana de Estadística , 39-62.

Rueda, M. I. (19 de Marzo de 1990). Encuestas: ¿Quién gana quién pierde? Revista Semana . Bogotá, Colombia.

Semana. (5 de Mayo de 2010). ¿Por qué se pifiaron las encuestas? Revista Semana.


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