lunes, 14 de abril de 2014

What is wrong with development studies?

The following reflection is based in my personal experience as a second year PhD student in international development. I suppose that I am part of those who decided to undertake such a journey with the hope that interdisciplinarity would provide more comprehensive answers to social conundrums than single-based approaches such as those of economics, political science or sociology. Today I would not say that such an expectation has perished, but I am surely more skeptical towards the way it is philosophically grounded. With that in mind I would like to briefly discuss three ideas regarding the challenges of studying development: 1) the obsession with empiricism, 2) the myth of pragmatism and 3) the cult to simplicity.

By empiricism I refer to the way in social researchers claim to derive causal conclusions by relying exclusively in perception and experience (i.e. from statistical analysis to qualitative interviewing) rather than in the understanding of why certain variables relate and interact with others. In the academic arena, this practice has driven the attention of researchers into binary objective-subjective debates and, hence, (for instance) the need to minimize biases in the process of data collection and analysis. With some exceptions, one can hardly encounter deep reflections on what is causality and what are the implications of studying causal relations in settings inhabited by reflexive human beings. And as typical responses vary from flat statistical definitions to the argument of self-subjectivity (i.e. causality as an idea steeped in the memory of people), the goal of providing explanations to social problems remains quite unfulfilled. 

The latter is connected with the myth of pragmatism, or the idea that the researcher can simply mix research tools with no other argument that claiming that more means better. The use of mixed-methods (i.e. N-data surveys with qualitative inquiries) has become a fashion in contemporary social research, despite the fact that some of their bare foundations (or assumptions) restrict their use in the study of certain aspects of the social world. There is no need to dig in very deep in the philosophy of knowledge to illustrate this issue. Think, for instance, in the following question: if one of the arguments of using statistical analysis is the need to account patterns of social behaviour without the “subjective” influence of the researcher in the answers of people, how can one argue the use of face to face interviews (in which the researcher clearly affects responses) to verify what numbers say? This is basically the reason why is difficult to foster dialogues between economists and anthropologist. Hence, I ask myself: is it really possible to add their opinions in order to provide an interdisciplinary outlook?

This drives us to what I characterized as one of the curses of development studies: the cult to simplicity. People demand simple answers to complex questions; students demand simple tools to fight poverty and inequality; policy makers demand simple recipes to avoid hampering their legitimacy among their potential voters. And this derives into the previous challenges: the obsession for empiricism and the attractiveness of pragmatism. The problem is that society is full of complexity and human beings are far from being automat rational respondents whose behavior can be traced and predicted in a simple way (i.e. with a mathematical formulation or through an exclusive emphasis in the answers of key informants). Here the argument of practicality, meaning with it defending a given approach for its ability to provide an answer regardless its internal philosophical consistence, is certainly misleading.

In the end, my main argument is that all of these challenges collide to hamper the possibility of interdisciplinarity and, consequently, its augmented power to inform the development agenda. As far as there are philosophical unacknowledged misunderstandings between disciplines, and a lack of wiliness to properly address them, development studies will continue wasting its potential of real comprehensiveness. And what is even worse, as the benefits of having multiple visions do not entirely compensate the costs of not making deeper submersions in each of them, the students and scholars in development studies are continuously risking the undermining of their professional and academic position.










lunes, 6 de enero de 2014

Carta al Alcalde de Bogotá


Señor Alcalde

No le pedí ningún regalo de Navidad porque no soy religioso y por tanto no celebro esa fecha. Prefiero expresarle un deseo de año nuevo, pues aunque esta celebración también se encuentra encriptado en un ritual Católico, tiene un significado que es universalmente relacionado con un nuevo comienzo. Quisiera, junto a miles de ciudadanos del planeta, tener un año mejor.

En la actualidad, y por motivos de estudio, vivo en Holanda. Viajé en Enero de 2013 y pienso estar allá unos años más. Por esta razón algunas personas creen que he perdido la autoridad moral de hablar de Bogotá. Dicen que no la vivo, la sufro o la siento. La verdad, que piensen lo que quieran. No soy un exiliado. Tengo mis motivos personales para estar afuera y no debo explicaciones a nadie. Opino como un ciudadano más quién sufre y celebra los vaivenes de la ciudad.

Han sido pocas semanas en la capital desde mi llegada por motivo de vacaciones de fin de año. Sin embargo, los medios de comunicación virtuales me han logrado mantener actualizado sobre las dinámicas políticas y sociales de la ciudad. Se que Bogotá ha sido catalogada dentro de las metrópolis más costosas del planeta y que se encuentra situada dentro de las que tienen uno de los peores niveles de vida de América Latina. A pesar de que a usted lo han invitado a Harvard y le han dado premios ambientales, la contaminación y la congestión agreden a diario al ciudadano. El Sistema Integrado de Transporte ha mostrado algunos avances, pero aún dista de ofrecer una alternativa de movilidad digna y eficiente para los bogotanos.

De momento no me voy a concentrar en sus logros, pues el motivo de mi carta no es hacerle campaña política. Tampoco voy a juzgar su alcaldía. No me interesa aplaudir sus hazañas ni señalar sus deficiencias. Creo que, como todos los alcaldes, usted ha tenido aciertos y desaciertos. Que sea su equipo de expertos el que haga ese balance para que se tomen buenas decisiones de política pública. Dejo claro, sin embargo, que no creo que usted sea responsable de los males estructurales que agobian la ciudad. Y esto no excusa del todo sus posibles fallas como gobernante, más si le da contexto a su gobierno.  Tiene muchos retos por delante.

Parte de la razón que me llevó a escribir esta carta fue la reciente lectura del trabajo periodístico de Felipe Romero: “El Cartel de La Contratación. La Historia no Revelada”, evento en el que usted se convirtió en protagonista por las denuncias hechas frente a la malversación de recursos públicos bajo el mandato del ex Alcalde Samuel Moreno Rojas. Creo que todos los bogotanos deberían leer este libro no solo para no olvidar, sino para crear conciencia de la posibilidad y la incidencia de la “mafia” extractiva en la ciudad más grande del País. Debo decir que el relato de Romero me deprimió. La indiferencia generalizada me entristece. La generalización del discurso izquierda vs derecha (cuando es claro que el saqueo de la capital fue orquestado desde un frente político ambidiestro) me genera un gran desazón. Mientras que  la ciudadanía se polariza entre comunistas y godos, ellos concentran, extraen, destruyen y se jactan de nuestra estupidez colectiva.

Mi deseo de fin de año, señor Alcalde, es que no abandone su lucha por la democracia de la ciudad. Y no me refiero simplemente a un régimen electoral; hablo de la distribución equitativa del poder político en una sociedad. Mientras no se profundice la democracia es difícil hablar de una ciudad prospera y boyante como muchos lo imaginan. Si algo debemos de aprender de los recientes escándalos de nuestra vida nacional (entre ellos el paralimitarismo y el saqueo de Bogotá) es que es necesario hablar primero de política antes de pensar en proyectos de desarrollo económico. Si no somos explícitos en el debate de cómo nos queremos gobernar o quienes queremos que nos gobiernen, es difícil hablar de la efectividad de una política pública. Mientras el Estado sea para pocos hasta los más sofisticados modelos económicos están condenados al fracaso.

Aplaudo, por ende, su labor de denuncia. Es difícil gobernar para las mayorías cuando una ciudad está políticamente concebida para las minorías. Es imposible, por ejemplo, pensar en un sistema integrado de transporte eficiente cuando los dueños de los operadores de Transmilenio no se quieren integrar (ver). Es imposible pensar en esquemas de recolección de basuras eficientes, pero sobre todo equitativos, justos y ejemplarizantes, cuando algunos de sus grandes empresarios han tenido relaciones abiertas no solo con los grupos que más han violado los derechos humanos en este país (ver, ver y ver), sino con responsables directos del saqueo de Bogotá (ver). Frente a este último punto, Felipe Romero nos recuerda que William Vélez,  dueño de la compañía Aseo Técnico de la Sabana (ATESA) y denominado Rey de las concesiones (ver), fue uno de los más grandes contribuyentes a la campaña de Samuel Moreno Rojas (p. 52).

Nada de esto es secundario. Insisto en que si no se develan los intereses de los actores que dominan la ciudad, es muy difícil pensar en políticas que beneficien a las mayorías.  Le pido, sin embargo, que sea más inteligente en la forma en que emprende su lucha. Sería importante, por ejemplo, que cambie su lenguaje. Para muchos su discurso suena anticuado. Si bien creo que tiene poco de anacrónico hablar de elitismo en un país con un coeficiente Gini de tierras que supera el 0.9, que ostenta el rótulo de uno de las naciones mas inequitativos del planeta, y para el cual existen pruebas fehacientes de cómo las familias que gobiernan tienden a reproducirse y a favorecer el clientelismo en todas las esferas del poder (ver, ver y ver), vivimos en medio de una ciudadanía que le teme a cualquier manifestación (o sensación) de populismo (sobre todo de izquierda).  Sea más inteligente señor Alcalde: utilice su gran capacidad como político para educar a la gente en lugar de asustarla. 

Le pediría también que emprenda su lucha, en lo posible, dentro del marco de la ley y las reglas de juego que nos definen como sociedad. Dejo abierta la posibilidad de desacato no para justificar una conducta anárquica, ni tampoco el uso de la Ley al antojo de cada quién. El sometimiento a la justicia y a nuestros códigos de conducta genera confianza y credibilidad. Sin embargo, dado el elitismo del país es posible pensar que las leyes no siempre sean justas o que, por ejemplo, estén diseñadas para imponer obstáculos para que nuevos grupos accedan poder. Es necesario, por ende, obrar con inteligencia. Concretamente le pediría que siga su lucha por ser restituido a su cargo, en tanto fue una decisión injusta y desmedida. No obstante, le pediría también que se someta a un eventual referendo revocatorio (claro, si éste está debidamente concebida bajo el marco de la Ley), para demostrar a la ciudadanía que esta dispuesto a abandonar la alcaldía  solo si la mayoría de los ciudadanos realmente se lo pide.

Vivimos un momento histórico en Bogotá. Muchos cruzamos los dedos para que el 10 de Enero la ciudadanía le demuestre al Estado que esta cansada de los abusos de poder de las clases dominantes. Usted ha sido gran gestor de esta iniciativa, la cual aplaudo y apoyo con vehemencia pues me niego a pensar que sea normal vivir en una sociedad que segrega las diferencias, que condena la diversidad sexual y que se opone a los derechos sexuales y reproductivos de la mujer. Más del 60% de los bogotanos votan contra los abusos del Procurador (ver), quien representa esta mentalidad retrograda de la que nos queremos librar. Le pediría, por ende, que aproveche esta oportunidad para buscar cambios que trasciendan su ego personal y su revanchismo político. Sea un ejemplo para esta sociedad confundida. Está en juego algo más importante que su alcaldía. En este momento los huecos en las calles, los trancones y las basuras se convierten en problemas de segundo orden. Y no porque no sean todos puntos críticos para conquistar metas de bienestar social. El punto, creo que yo, es que si no cambiamos la forma en que se gobierna este país (ver), difícilmente podremos soñar con una ciudad amigable y favorable para la mayoría de sus habitantes.

Cordial saludo

  

jueves, 4 de julio de 2013

Sobre la enseñanza de la Economía


En los últimos meses algunos académicos  han planteado una reflexión frente a la enseñanza de la economía en Colombia (ver, ver y ver). Creo que es un debate relevante y oportuno para las llamadas sociedades en desarrollo, y que por tanto merece una mirada más aguda que la que a diario proponen los “neo-liberales” o sus detractores. Y claro que es un debate ideológico y político, como ocurre en casi toda interacción entre seres humanos. Mi punto es que aun así existen argumentos filosóficos para que los estudiantes nos quejemos de que se nos está enseñando una verdad (en el mejor de los casos) a medias. 

Todo inicia con una premisa: la conducta humana es intencionada o, por el contrario, esta determinada por una estructura. Es decir, los individuos toman decisiones con base en intuiciones, conocimientos parciales de su entorno, bajo la influencia de la interacción con otros individuos y en algunos casos para buscar fines específicos? O, por el contrario, tienden a tomar la mejor decisión posible, de forma aislada y dadas una serie de restricciones presupuestales, cognitivas y/o de información? Creo que existen argumentos para defender cualquiera de estas posturas. Por lo tanto, dicta la lógica, existen contra argumentos para responder a cada cual.   

La corriente económica dominante contemporánea tomó su decisión y se casó con una de estas opciones. El determinismo económico, del cual son presa tanto marxistas como ortodoxos, justifica el presumir un individuo racional, una lucha de clases ineludible o el triunfo/fracaso del libre mercado. La razón de ello,  justifica en parte David Warsh (ver), la tentación sublime del estrellato dentro del mundo de los científicos de “verdad”; esos que usan modelos económicos sofisticados para predecir que si una persona tiene hambre va a buscar comida. Y ello solo lo puede ofrecer la estructuración; si el ser humano reacciona siempre igual al mismo incentivo, es posible modelar su comportamiento y hacerlo predecible.

La otra cara de la moneda es estudiar al humano como un individuo que realmente toma decisiones y que lo hace en constante interacción con otros grupos o instituciones sociales. Bajo esta lógica es prácticamente imposible anticipar el comportamiento humano (al menos con tal grado de precisión), pues depende de muchos factores (e incluso intenciones) que no se pueden aislar. En este caso el atractivo científico de la economía se convierte en el preguntarse por qué?, más que en asumir un patrón de comportamiento predeterminado y buscar datos que corroboren empíricamente un modelo teórico. En este caso las matemáticas son menos útiles, lo cual debe generar suspicacias frente al porque esta mirada ha sido desechada por la mayoría de facultades de economía del planeta.

Al final, no diría que la enseñanza de la economía contemporánea es nefasta. En lo personal tuve excelentes profesores. Pero si es incompleta. Ni siquiera los economistas del comportamiento han logrado huir del todo de la estructuración (aunque ahora incluyen variables pro-sociales siguen optimizando). Y no se trata de desechar ningún enfoque. Lo ideal sería que el estudiante tuviera la oportunidad de contrastar y asumir una posición propia frente a la premisa de partida. Pero dado que es apenas entendible que las facultades de economía no puedan ofrecer un currículo completo frente a la totalidad del espectro económico, deberían ser al menos honestas frente al producto que ofrecen y dejar al lado la absurda idea de ser científicos sin juicios morales.  

sábado, 11 de mayo de 2013

¿Crisis institutional?


Hace apenas unos días IPSOS publicó la encuesta Colombia Opina 2013-1 (consultar la encuesta). Con una muestra de 1.012 colombianos, ésta hace un recorrido sobre diversos temas de la coyuntura del país. Entre algunos de sus resultados puede resaltarse que al ciudadano promedio le preocupa primordialmente el tema del desempleo, la violencia y la inseguridad, tiene una imagen relativamente negativa del presidente Santos (al menos en comparación a Julio de 2011) y tiende a no confiar en gran parte de las instituciones del Estado. Este último problema es quizás histórico, pero no por ello menos crítico.

En su libro ¿Por qué las Naciones Fallan? Los orígenes del poder, prosperidad y pobreza (citado acá), Daron Acemoglu y James Robinson afirman que en Colombia las instituciones públicas no generan suficientes incentivos para que los políticos y funcionarios públicos “… suministren servicios públicos, ley u orden (…) y no les pone suficientes restricciones para evitar que entren en pactos implícitos o explícitos con criminales”. Más aun, en un manuscrito de la Universidad de Harvard (ver), Robinson afirma que el país es el más clientelista de América Latina, y que ello se ve reflejado en su historia de elitismo político.    

Tabla 1
Fuente: IPSOS, 2013

Este tipo de análisis académicos dan pistas sobre algunos de los resultados de la encuesta, en especial los consignados en la Tabla 1. En resumen, casi 2 terceras partes de la población no confía en lo público, la institución nacional con un mayor grado de reconocimiento es de corte militar y la que menos confianza genera a los colombianos es aquella que paradójicamente debería simbolizar democracia, inclusión y representación: el Congreso de la República. El hecho que solo el 37% de quienes opinan crean en los organismos de control debe suscitar también indignación; si no confiamos en quienes salvaguardan los recursos y la disciplina, cómo combatir de manera eficiente el clientelismo y la corrupción?  Cabe resaltar, como lo muestra el mismo documento, que estas tendencias tienen algo de persistencia en el tiempo y por ende tienen explicaciones de orden estructural (salvo el caso del Presidente).  

Los medios de comunicación tienen, por su parte, una posición relativamente privilegiada (un nivel de confianza del 50%). La cara positiva de este dato puede relacionarse al famoso argumento de Amartya Sen de cómo la prensa libre fue un actor determinante para combatir y acabar con la hambruna en India a mediados del siglo pasado (ver). Pese a ello, en Colombia los grandes grupos periodísticos (que de paso financian la encuesta de IPSOS) han mostrado ser vulnerables al coqueteo de grandes emporios económicos (ver), hecho que no solo pone en duda su parcialidad, sino su capacidad para develar y denunciar con igual vehemencia grandes escándalos públicos de la vida nacional.

Invitaría a los teóricos a que nos ayuden a entender mejor este panorama. A mi en lo personal me genera un gran desasón. Siento que vivo en un país en donde es díficil confiar en los demás. Y es cuando me pregunto: ¿de qué sirve la prosperidad económica (ver), si ella no viene acompañada de la posibilidad de una sociedad más cohesionada? A mi modo de ver, sin confianza no hay nada.